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LA GLORIA DE LA
DEBILIDAD
por Jorge Lacovara
Uno de los capítulos
predilectos de mi corazón, es aquél que habla acerce de un varón de Dios
- Moisés - que entrando en la Presencia, intercede a favor de su pueblo,
de un pueblo que hirió el corazón de Dios, que edificó ídolos y los
adoró.
En medio de esa
intercesión, se lee en el libro de Éxodo, capítulo trinta y tres,
aquella preciosa oración de Moisés: Si tu Presencia no ha de ir conmigo,
no nos saques de aquí. Ante estas palabras, Dios le respondió a Moisés
que había hallado gracia en sus ojos por lo cual le daría su petición.
En el capítulo 33.18, Moisés eleva la más alta oración que un ser en la
tierra podría rogar: Te ruego que me muestres tu gloria. ¡Qué petición
tan alta! Que la gloria de Dios le sea revelada a un hombre común... a
un ser de barro como Moisés.
Con el transcurrir
de los años, ese ruego de Moisés se hizo mi ruego. Entonces, dejó de ser
el versículo dieciocho del capítulo treinta y tres del libro de Éxodo y
empezó a ser mi oración. En el margen de mi vieja Biblia escribí: esta
es mi oración, ¡Muéstrame tu gloria! Pasaron muchos años desde que elevé
por primera vez ese pedido a Dios. Cuando hice la anotación en mi
Biblia, a propósito, no le puse fecha. Solamente anoté: Esta es mi
oración. Porque no es la oración del ayer sino que es la de hoy. No es
la oración que fue, es la oración que es.
Muchas veces decía
esta oración cuando estaba envuelto en la Presencia de Dios y en mi
mente imaginaba que tal vez vería un fuego, llamas, rayos, luces...
Esperaba una manifestación majestuosa de Dios, de su Persona.
En mi vida
experimenté cosas preciosas y hermosas en El – algunas de ellas fueron
muy gloriosas y cada vez pensaba: “¿Será esta tu gloria? No, todavía,
no.” Entonces preguntaba: “Pero si ésta no es tu gloria. ¿Cómo será
cuando tu gloria se manifieste?”
Años atrás,
meditando sobre la Palabra, encontré que en el capítulo 34.1-8 del libro
de Éxodo, a continuación de la historia mencionada al principio, el
Señor muestra lo que es su gloria. Allí dice:
“Prepárate, pues,
para mañana, y sube de mañana al monte de Sinaí, y preséntate ante mí
sobre la cumbre del monte. Y no suba hombre contigo, ni parezca alguno
en todo el monte; ni ovejas ni bueyes pazcan delante del monte. Y Moisés
alisó dos tablas de piedra como las primeras; y se levantó de mañana y
subió al monte Sinaí, como le mandó Jehová, y llevó en su mano las dos
tablas de piedra. Y Jehová descendió en la nube, y estuvo allí con él,
proclamando el nombre de Jehová. Y pasando Jehová por delante de él,
proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para
la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a
millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de
ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de
los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la
tercera y cuarta generación. Entonces Moisés, apresurándose, bajó la
cabeza hacia el suelo y adoró.”
Esa gloria de Dios
que pasó, no es otra cosa que la revelación de su misericordia, perdón y
gracia. Es la revelación completa de la Cruz.
El día que Moisés
clamó al Señor para que le mostrara su gloria, en realidad estaba
pidiendo: ¡Padre, revélame el poder de la Cruz!
En el monte Sinaí,
Moisés estaba viendo lo que sucedería centurias más tarde en otro monte,
en el de La Calavera, sobre un tosco madero, en el que colgaba un cuerpo
herido y sangrante. El cuerpo del Hijo de Dios derramando su sangre;
derramando hasta la última gota de su sangre para que su misericordia
pudiera alcanzar a millares.
Hace unos días, tuve
que viajar a otra ciudad para predicar en una conferencia, pero el Señor
permitió que mi cuerpo fuese tocado severamente, de tal forma que
mientras viajaba pensé: Soy un necio. ¿Qué estoy haciendo, viajando en
este estado físico? ¡No voy a servir ni para dar los anuncios!
Verdaderamente, no pude hacer demasiado. El sábado de mañana, sentí que
aunque estaba muy dolorido, muy débil, tenía que ir al culto y predicar.
El pueblo de Dios, conociendo mi problema, cuando vio que me incorporé y
me acerqué a la plataforma, comenzó a aplaudir. No lo entendí. ¿A quién
aplaudían? ¿Acaso era a mi? No podía sentirme más miserable y eso me
quebró. Al decir la oración, empecé a abrir mi corazón, a pedir al
Espíritu Santo que me fortaleciera para poder dar una palabra e inicié
el mensaje. Fue muy difícil para mí poder predicar porque era más lo que
lloraba que lo que hablaba. No fue un mensaje largo y al finalizar el
sermón, oré nuevamente. Cuando abrí los ojos, toda la congregación
estaba adelante, a los pies de Jesús. Como ya no podía estar de pie,
tomé asiento y el Espíritu Santo me dijo: ¿Cuántas veces me has pedido
que te muestre mi gloria? ¡Esta es mi gloria! Me hizo saber que su
gloria está en el límite de la debilidad del hombre. Es cuando tú y yo
nos sentimos como nada... Cuando tú y yo somos como aquél Jesús que
colgaba del madero, con su carne hecha jirones. Cuando somos como aquél
que estaba con su corazón desgarrado por el pecado del mundo y con el
alma tratando de guardarse en unión con su Padre, quien en ese instante
le daba la espalda. Jamás un ser en la tierra se sintió más miserable
que Cristo por causa de mi pecado... Abandonado por su Padre, solo. Sus
discípulos lo abandonaron; sus fuerzas físicas, también.
Dios me dijo:
“Jorge, esta es mi revelación de una gloria que desconocías; la gloria
que hay en la debilidad.” En ese instante, pensé en las veces que yo y
otras personas, aun siendo siervos de Dios, tratamos de mostrar esa
fortaleza, esa fuerza, como diciendo.... ¡Aquí viene el paladín de Dios,
el gigante! ¡Yo los libraré! Sí, hay una gloria en la debilidad.
Entonces, fui consciente de las veces que escapé, de las veces que evadí
esa gloria. Por un lado la pedía y por el otro la esquivaba.
Su gloria es cuando
tú ya no puedes más. ¿Recuerdas las palabras del apóstol Pablo en 2ª
Corintios 12.9-10? “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en
la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis
debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual,
por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en
necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil,
entonces soy fuerte.”
Aquel sábado de
mañana, después del culto, conversaba con los pastores y les decía que
creo – y lo repito otra vez hoy – que el ejército de Dios en la tierra
será como dice el profeta: “Un pueblo humilde y pobre, el cual confiará
en el nombre de Jehová.” Pensaba en el pueblo argentino en este tiempo;
en nosotros, en todos. Es un pueblo sufrido, golpeado y tratado por
Dios, permaneciendo fiel para lo que Dios lo llamó; viviendo sin saber
que sucederá mañana o pasado mañana; viendo aún como los unos y los
otros se van del país. Uno piensa: ¿Qué estoy haciendo aquí? Sin
embargo, Dios está preparándonos para revelar su gloria en los corazones
en medio de la nada – no se lo vas a poder adjudicar ni a tu fe, ni a
tus oraciones, ni a tus fuerzas -. A nada. Cuando te sientas tan débil
que casi no puedas permanecer de pie, podrás ver esa gloria venir y
sabrás en tu corazón que eso no es tuyo, que es de El. Es la gloria que
está encerrada en la debilidad. El nos va a revelar su gloria. No temas
a los procesos. ¡No temas! El Espíritu lo está haciendo, porque quiere
que tú y yo seamos los depositarios de esta gloria. El dice que puso esa
gloria en vasijas de barro para que la excelencia del poder sea de Dios
y no del hombre: simples hombres y mujeres expuestos a ataques, a
estados de ánimo, a enfermedades y a tantas cosas más. ¡Hombres y
mujeres tan vulnerables! Mas cuando en ese proceso Dios está presente,
cuando su Espíritu está allí, en medio de la nada, comenzamos a ver los
primeros rayos de luz de la gloria celestial. Por tanto, viviremos en
ella, caminaremos en ella, compartiremos esa gloria.
¡Muéstranos tu
gloria, Señor, Muéstranos tu gloria!
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